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¿Es Mejor Ser Realista o Optimista? Y En Que Se Diferencian


Lo escuchamos de diferentes personas a través de nuestras vidas. Algunos dicen que hay que ser “realista”, otros nos dicen que debemos ser “optimistas”. 

Independientemente de la interpretación que podamos tener de estos consejos, o del tipo de persona que los esté dando, la intención detrás de estas palabras suele ser bien intencionada. Aquel que diga que debes ser realista, u optimista, te intenta indicar cómo deberías enfrentarte a los hechos de la vida, e incluso adelantarte a ellos, ya sea aceptando lo bueno junto a lo malo, o teniendo esperanza por la posibilidad de que los resultados siempre sean los mejores. 

Pero entonces, si ambas perspectivas tienen buena intención, ¿cuál de las dos es realmente la mejor? ¿Cuál de las dos actitudes deberíamos adoptar? Realmente, si analizamos ambas actitudes, nos daremos cuenta que no son tan diferentes como pudimos haber pensado que eran, y nos encontraremos con un realismo optimista y un optimismo realista.

Así que comencemos esta exploración de los conceptos de realismo y optimismo, y verifiquemos en el proceso qué tan diferentes son y qué tan similares son.

A medida que exploremos, podremos ver que tenemos la posibilidad de hablar de una perspectiva media entre la realista y la optimista, que abarca cualidades de ambas actitudes, ya sea porque se complementan al no negarse mutuamente o porque comparten características en común bajo distintos nombres.

Primero, definamos cada una de las perspectivas para luego compararlas.

Realismo. Más allá del pesimismo.

Cuando se habla de “realismo” se podría estar hablando de muchas cosas, ¡demasiadas! Solamente en el contexto filosófico, podríamos estar hablando de realismo lógico, realismo empírico, realismo moral, realismo científico, semántico, etc., además de usarse también en un contexto artístico para referirse a intentos en pintura o en cine para retratar una obra de la manera más fiel posible a la realidad.

Pero en general, cuando hablamos de realismo, y cuando hablamos específicamente de ser realista, estamos hablando en términos ciertamente filosóficos, donde decimos que la realidad existe más allá de nuestras preferencias personales.

Ser realista puede significar que el mundo en sí existe independientemente de nuestra mente, sin conexión alguna entre nuestros deseos y los eventos dentro del mundo. Por tanto, un realista también cree que aquello que considera como verdadero es sólo una aproximación de la realidad, cuya exactitud puede mejorar.

Cuando se nos dice que seamos realistas, se nos está pidiendo que separemos lo que nosotros queremos que suceda de lo que en realidad es la vida.

Ser realista entonces amerita aceptar que la mente humana carece de capacidades o de conexiones con la realidad que percibimos. La persona realista se enfoca en entender que la vida no tiene un plan específico para ella.

Esto obviamente sonaría pesimista para una persona optimista. Sin embargo, la intención de un realista no es la de rendirse ante las circunstancias de la vida y asumir una actitud de derrota.

Al contrario, un realista sólo busca entender que existen probabilidades muy certeras que pueden beneficiar a la persona, pero que también pueden perjudicarla. 

Asimismo, entiende que estas probabilidades son imposibles de modificar por la voluntad del ser humano.

Aquello que el ser humano puede cambiar es aquello que puede predecir con cierto nivel de certeza y aquello que sea un resultado modificable; por ejemplo, un ser humano puede predecir con cierto grado de efectividad cuándo es la mejor época de siembra para el maíz y, a partir de eso, manipular los elementos a su alcance para obtener una buena cosecha.

Siguiendo el mismo ejemplo, un pesimista, contrario a un realista, ni siquiera buscaría intentar los métodos que le permitan tener una buena cosecha de maíz.

Al primer intento en el que elementos  como el clima no le ayuden, el pesimista realizará una generalización irracional sobre las circunstancias que le rodean y no volverá a intentar inteligentemente una nueva metodología.

En términos puramente filosóficos, el significado que se le suele dar a una actitud realista en las conversaciones del día a día puede compararse con los principios básicos de escuelas de pensamiento de la Antigua Grecia como el epicureísmo y el estoicismo. 

El epicureísmo rechazaba las ideas de superstición e intervención divina, lo cual se puede traducir en rechazar alguna posible concordancia entre la mente de una persona y el mundo que lo rodea.

El camino epicúreo a la felicidad consistía pues en mantener un estado emocional balanceado de tranquilidad en frente de las complejidades del universo, a través de la adquisición de conocimientos sobre el mundo. 

En cuanto al estoicismo, se hablaba de buscar una armonía entre la naturaleza y los deseos del hombre, que debían ser controlados y puestos al servicio del prójimo.

De esta manera, los estoicos describían cómo las emociones negativas eran el resultado de concepciones equivocadas sobre el mundo por lo que la persona debía alinearse con la realidad. Entendiendo el orden natural de las cosas es que se podía vivir bien, ya que la naturaleza era el nido del ser humano.

Ampliándonos de esta forma, poniendo el realismo en comparación a los estatutos de estas filosofías, podemos ver que una persona que hoy en día se denomine a sí misma como “realista” o que sugiera cosas como “Hay que ser realista”, no es necesariamente alguien que acepta lo malo que le sucede cabizbaja.

Más bien, se trata de alguien que probablemente cree en que no podemos controlar todo lo que nos sucede, pero que aun así no está riéndose, eligiendo hacer todo lo que esté a su alcance en una situación dada.

Esto recuerda el pensamiento del psiquiatra austríaco Viktor Frankl, quien entre otras contribuciones importantes para la psicología escribió “El hombre en busca del sentido último”.

Influenciado por su experiencia durante el holocausto, Frankl propuso técnicas psicoterapéuticas como la logoterapia con el concepto central de ayudar a las personas a buscar un sentido de vida que siempre está allí para ser encontrado, siendo una de sus más célebres frases la siguiente:

“A un hombre se le puede quitar todo excepto una cosa: la última de todas las libertades humanas — el asumir una actitud en cualquier circunstancia; el elegir el camino propio”.

Viktor Frankl.

Optimismo. ¿Fe ciega?

A diferencia del realismo, el optimismo no sólo espera que ocurran cosas determinadas por la naturaleza, sino que mantiene una fe en que lo que depara el futuro siempre será provechoso.

En contraste con el pesimista, el optimista no espera que ocurra nada negativo en el porvenir, y si ocurre, lo interpreta como algo necesario para un bien mayor. 

Si volvemos al contexto filosófico para definir el optimismo, nos encontramos con el pensamiento del alemán Gottfried Wilhelm Leibniz, quien propuso que, de existir múltiples mundos y realidades, entonces la realidad en la que vivimos los humanos es la mejor posible. 

En el campo psicológico, es el americano-israelí Tal Ben-Shahar quien nos presenta la idea de que tener un “optimalismo psicológico”, derivado del concepto de optimismo, significa creer que aunque podamos experimentar fracasos podemos estar seguros de que lo que vendrá luego serán éxitos.

Aquí, vemos que dependiendo de la perspectiva que se tenga de una actitud optimista, se pueden encontrar similitudes entre el optimismo y el realismo, ya que lo propuesto por Ben-Shahar implica poder afrontar con resiliencia la forma en que se desarrolle nuestras vidas (que siempre incluirá negatividad, incomodidad), tomando en especial cuenta que no sería lógico pensar que nada bueno sucederá.

Así, se aferra a la razón humana y a las probabilidades que rigen el universo, para darnos a entender que la oscuridad no existe independientemente de la luz. Esto es un punto muy importante.

¿Por qué es importante tener en cuenta este tipo de conceptos de filosofía?

Estas definiciones nos ayudan a separar la idea de optimismo con alguna que no esté basada en la realidad, es decir, misticismos.

Sin embargo, es importante señalar que cualquier creencia de naturaleza religiosa o mística es totalmente válida también, en especial si viene en conjunto con consistencia y si forma parte de la visión que una persona tiene del mundo.

La razón por la cual, de todos modos, se separa al optimismo racional del optimismo ciego es que de esta manera resulta mucho más fácil de ver las semejanzas e igualdades que pueden compartir una actitud optimista con una actitud realista.

Similar a lo anteriormente descrito, otra escuela de la Antigua Grecia preocupada con la aceptación del destino enlazada a la fe de que lo bueno prevalecerá, es el agatismo.

Al igual que el realismo, los agatistas creían en que el infortunio era una característica inescapable de la vida, pero igualmente inevitable era la fortuna.

Aunque más parecido al realismo que al optimismo, esta diferencia vaga entre ambas actitudes nos permite de igual forma exponer los puntos en que se conectan filosóficamente.

Entonces, ¿Qué es mejor entre realista y optimista?

No es por nada que desde tiempos antiguos han existido diversas escuelas de pensamientos, cada una con sus argumentos sobre cómo deberíamos afrontar la vida, qué deberíamos esperar de ella, cuál es la meta final del ser humano, etc.

Lo que nos dice esto es que la mejor actitud para vivir no puede ser decidida como una verdad absoluta, como una fórmula matemática de 2 +2 = 4.

Todo lo contrario; la actitud correcta es cualquiera que una persona haya dilucidado con cuidado o, más importante aún, aquella que le genera bienestar mental.

Si entonces nos estamos concentrando en la actitud que nos haga más felices, o que nos haga sentir mayor tranquilidad, tendríamos que inclinarnos a tomar una actitud optimista. ¿Es esta la mejor opción?

Aunque sintamos una inclinación hacia una de las dos perspectivas, nunca estará de más considerar a la otra.

El optimismo, basado en lo que se base, puede ser muy beneficioso para mantener nuestros niveles de energía altos, para no perder la calma en caso de problemas imprevistos, para tener la motivación de despertarnos por la mañana.

Aun así, el realismo también puede ser increíblemente beneficioso para esa misma actitud optimista, pues nos ayuda a tener una visión clara y objetiva de las circunstancias de la vida. 

Si mantenemos nuestros estándares siempre en lo más alto, la decepción será una sensación usual. Si los mantenemos demasiado bajos, por otro lado, no nos acostumbraremos a dar el todo, lo cual es un grave error también.

Es, en fin, necesario mantener un balance entre nuestra fe y nuestra realidad, inclinándonos al lado que tenga más peso sobre nuestro bienestar emocional y mental, sin nunca olvidar el otro lado de la balanza.

Tomando todo esto en cuenta, entonces, podrás determinar tu propia respuesta: ¿es mejor ser realista, optimista, o… ambos?

Ricardo

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